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Bella Sombra PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Sergio Quiñonez   
sábado, 15 de abril de 2006

Bella Sombra

 

Tercer Lugar en el Concurso de Narrativa Oscura 2004
LFDM, MT y Secretaría de Cultura del Edo. de Jalisco.
Cuento Del Libro Horrores Breves.
Por Sergio Quiñonez

La noche avanzaba fría, solitaria y silenciosa por aquella mísera callejuela. Una callejuela de tantas, de esas que abundan en la ciudad, infortunadas como la piel escarapelada  del cadáver de un perro arrollado, al que el sol ha acompañado por muchos días.

Un  desvencijado, robusto y orondo  autobús se detuvo lanzando  chillidos metálicos frente a la torcida estructura, que magnánimos, las personas del gobierno otorgaron para suponer una protección del sol o la lluvia para los usuarios del transporte público.

Mariana, una joven estudiante, de abundante cabello ondulado, y sublime cuerpo, abordó con cuidado y desconfianza la ronroneante bestia metálica. La inquietud se dibujaba en su poético rostro de heroína de cuento de hadas. Su nerviosismo por haber estado en soledad, a la espera del autobús comenzó a mermar. Había pasado demasiado tiempo bajo aquella estructura que a veces amenazaba con derrumbarse sobre ella, como unas fauces lastimadas. La noche, la oscuridad, y su conciente vulnerabilidad por ser mujer, y además, por ser una mujer bonita, le hacía temer constantemente con enfrentarse a un violador.

El chofer, recibió el dinero del pasaje de mala gana. Era un hombre de aspecto desaliñado, calvo, y de barba a medio crecer. Despedía una serie de olores entre mezclados. Sudor, comida, ropa húmeda. Se le veía  cansado y hastiado. Puso en marcha el vehículo sin consideración, y el jalón casi arroja a Mariana al suelo. Apenas y logró  aferrarse al sucio tubo, que fungía como apoyo. Recobrado el equilibrio, Mariana se encaminó tambaleante hacia un asiento en las primeras filas, tratando de coordinar sus pasos con el bamboleo del vehículo. La falda le ajustaba demasiado y le quedaba corta. Era un estorbo. Pero era el uniforme que su trabajo matutino le exigía portar. Era la historia clonada de tantas chicas de ciudad, oficinista de día, estudiante de tarde, posible víctima de noche.

Antes de dejarse caer sobre su asiento, levantó la mirada, y se percató de dos cosas que  la inquietaron.

Sus nervios se pusieron tensos y a la defensiva nuevamente.

El trasporte público  venía semi vacío, y semi oscuro.

Dos chicos de cabellos alborotados estaban sentados al fondo del camión. Tenían una apariencia salvaje y hambrienta. Parecían dos hienas excitadas que acechan al cachorro que se ha extraviado de la manada.

Otro hombre, de edad madura, dormitaba en los asientos de en medio. Despertó cuando ella avanzó por el pasillo, y sus ojos inyectados de iris enfermizo, se incrustaron en el cuerpo de Mariana.

Uno más, un adolescente, de escuálido  cuerpo,  iba sentado dos lugares delante del hombre que la miraba.

Hombres, solamente hombres. Cazadores, predadores, y ella, la única, como la presa. Como el venado que ha alejado estúpidamente  el rebaño.

Con cautela tomó asiento, y concentró su mirada hacia enfrente. Faltaban largos minutos para llegar a su destino, los largos minutos que acosan al paciente que espera el resultado de una muestra de sangre, los largos minutos de la mujer que aguarda a que la atienda el responsable de la morgue para identificar el cuerpo del que suponen es su hijo.  Se dijo a si misma que debía  mantenerse alerta. A la expectativa. Ni siquiera se recargó, se mantuvo erguida, lista para saltar si había necesidad de huir. Pero… ¿Huir a donde?

Apretó sus libros universitarios contra su pecho, una densa corriente de aire frío se filtró en el interior de aquel autobús, escurriéndose por entre sus ropas, hasta acariciar su pálida piel, como las manos de un acosador.

De pronto, de reojo, a su derecha, una sombra se movió.

Giró alarmada, creyendo que alguno de aquellos hombres que la devoraban con los ojos, se había puesto de pie, y comenzaba a acercarse. Sus músculos se tensaron más, su corazón se aceleró.

Pero ahí, donde sus ojos escudriñaron con preocupada atención no había nada.

Pensó en ilusión óptica causada por el nerviosismo. Mariana era una chica inteligente, temerosa de muchas cosas, pero inteligente. Eran nervios, los hombres que viajaban con ella no le quitaban los ojos de encima, eso le provocaba aquel miedo. La sombra había sido creada por su imaginación. Había sido tan sólo el poder de su mente atormentada. Como los ojos del Cristo de la iglesia a donde la llevaban de niña, que parecía siempre estar moviendo los ojos. O como el perro del vecino de su casa, que los niños del barrio le temían, porque cuando ladraba, parecía decir la palabra “diablo” en dos ladridos.

Ilusión, imaginación.

Miró de reojo hacia atrás, alerta, con la intensión de comprobar que los chicos-hienas  seguían ahí. Sabía que era más probable que ellos se aventuraran a acercarse, ya que viajaban juntos.  La cacería en manada es más exitosa que la solitaria. El depredador prefiere compartir una gran víctima, a conformarse con un escuálido conejo. Mariana lo sabía.

Una vez más, en el rabillo de su ojo, una sombra, moviéndose, desplazándose.

La percibió como la mancha de polvo que se ha incrustado en el iris. Parecía que se arrastraba entre los asientos, delante de donde los dos chicos-hienas reían entre dientes, y murmuraban.

Giró para mirar mejor.

Se encontró los rostros sonrientes, y parcialmente iluminados de los chicos-hienas de aspecto rebelde, sentados en el fondo. Tenían semblantes perversos, de sonrisas lascivas. Pupilas brillantes, hambrientas, babeantes.

Pero nada más.

-Mamacita-.  Dijo uno de ellos. El otro, festejó riendo como una niña nerviosa. Una risa aguda, oxidada, como el sonido de maquinaria atascada. Le hicieron pensar en dos demonios acurrucados en un rincón. Se les veía narcotizados, excitados. Ávidos.

Desvió rápidamente la mirada. El corazón le latía con rapidez. Había cometido un error brutal. Era prohibitivo para una chica bonita, a bordo de un autobús semi vacío y semi oscuro, el hacer contacto visual con jóvenes como aquellos. Eso, podía darles el valor necesario para ponerse de pie y acercarse. Podía alentarlos.

Tomó algunas bocanas continuas de aire, tratando de tranquilizarse. Pero de pronto, sintió un denso y tibio aliento muy cerca de su oreja derecha, como si alguien fuera a besarla. El cálido mensaje de un amante, que en ese escenario, estaba peligrosamente fuera de lugar.

Saltó dando un débil grito espantada.  Giró con rapidez,  arrojando sus libros al sucio suelo del autobús. Lista para enfrentar al predador.

Pero ahí, cerca de ella, no había nadie.

Sólo alcanzó a distinguir una sombra, que se deslizaba hacia la oscuridad y desaparecía debajo de los asientos, lejos de las débiles luces del techo. Como una reptante serpiente que ha mordido, y ahora escapa.

Los jóvenes-hienas rieron con mayor intensidad.

Seguían en su lugar, demasiado lejos  para haber sido ellos los que la asustaron de aquella manera.

El otro hombre, estaba inmóvil. Devorándola con la mirada tres asientos atrás. Llevaba un gran maletín sobre el regazo, y era obeso. Era  imposible que él hubiera sido el responsable de aquel tibio aliento, carecía de la agilidad necesaria para haberse escabullido así.

Delante de él, el adolescente se mantenía congelado en su lugar, sin quitarle la mirada. Pero este hombre  era alto, y el espacio entre los asientos era demasiado estrecho. No era sencillo para una persona de su estatura el desplazarse con rapidez.

El autobús mantenía su descoordinado bamboleo, acompañado de lamentos metálicos, y golpeteos de lámina. Desde  que ella abordó, no había hecho parada alguna. Nadie había descendido, nadie había abordado.

Asustada y perturbada, se agachó a recoger sus libros, y volvió a sentarse. Sus cuadernos estaban pegajosos, se habían ensuciado en el suelo. Al levantar la vista, sorprendió  al conductor observándola con avidez, a través del espejo de seguridad, el que utilizaba para controlar el fondo del autobús.

El frío se intensificó dentro de ese vientre muerto de metales, y asientos de fibra de vidrio.

Ojos, demasiados ojos masculinos, demasiado hambrientos.

De pronto, las luces interiores del autobús se apagaron.

Dentro de ella, el pánico asomó una pequeña parte de su demoníaca cabeza.

Mariana observó angustiada los barrotes de acero en las ventanas.  En caso de alguna emergencia, no podría escapar por ahí. La salida trasera estaba peligrosamente cerca de los jóvenes-hienas, la delantera por el chofer que seguía devorándola a ratos con sus ojos amarillentos. Las imágenes de mujeres violadas se agolparon en su mente, canturreando burlonamente una pesadilla que ella temía experimentar. Recordó todas esas historias que su madre le platicaba para ponerla sobre aviso. Chicas que habían sido atacadas por varios hombres, por predadores, para luego, terminar muertas en las barrancas. Recordó a las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, a esa leyenda urbana de la chica que había sido atacada por varios asaltantes dentro de un autobús.

Historias negras, historias sucias.

La sombra volvió a aparecer. Esa mancha. Una mancha más negra, más oscura que la misma oscuridad. Una lóbrega imperfección que las luces exteriores no lograban vencer. Una mácula en el espacio, sentada detrás del conductor, como una persona lo haría. Mariana se concentró en ella. Tenía que descartarla como real, tenía que encontrarle una explicación.

La sombra era una negra forma humana, cabeza indefinida, tórax alargado, brazos luengos, piernas torcidas. La sombra de una persona.

Escudriñó  aún más, con atención, asustada.

Pero aquella sombra, en un pestañeo volvió a desaparecer. Sólo quedaron los penetrantes ojos enervados del chofer, reflejados en el espejo de seguridad, que absorbían con sorbido deseo el escote de su blusa. Mariana, se cubrió con sus libros esa parte de su piel que incitaba el hambre de aquel predador.

Y el hambre de los demás.

El autobús se agitó violentamente entre las imperfecciones del pavimento. El cuchicheo de los pasajeros de la parte de atrás se perdió entre los alaridos metálicos de la estructura de acero, y el rugido de los cambios en la marcha. Los asientos vibraron, y las ventanas se cimbraron provocando crujidos. Las luces en el interior volvieron a encenderse entre parpadeos amarillentos, lo que le confirmaba, que se trataba de un falso contacto, no de un acto provocado por el conductor. En ese inconstante alumbrar, ella volvió a percibir aquella figura oscura, esa sombra. Estaba de pie en el pasillo. La mancha superior, la que parecía ser su cabeza pareció girar para mirarla. Luego, con la misma rapidez de un pestañeo desapareció.

El pánico asomó un poco más de su desquiciada cabeza, se iba a apoderar de ella. Mariana alzó la vista, y observó con alarma que estaba por alcanzar su parada. El chofer iba con velocidad, quizá con la intensión de apurar el término de ese fatigoso turno. Se puso de pie tan rápido que casi arroja sus libros de nueva cuenta al suelo. Extendió su mano y con desesperación jaló la cuerda que activaba la alarma para solicitar al conductor que se detuviera. El chofer lo hizo con tanta violencia que Mariana se golpeó con fuerza en su muslo al ser arrojada hacia enfrente. De no haber existido los respaldos de los asientos delanteros, hubiera terminado en el suelo de aquel autobús.

Recobrado el equilibrio, corrió hacia la salida, sintiendo el aire helado sobre su rostro.

-¡Adiós mamacita!-. Escuchó a sus espaldas, sin saber de quien provenía la sucia  despedida.

El autobús arrancó de nuevo con violencia. Mariana no le quitó la mirada,  para comprobar que ninguno de sus predadores compañeros de viaje se hubiera apeado de aquella mole para seguirla.

El autobús continúa su marcha, transformándose en un par de luces rojas que se iban perdiendo poco a poco en la oscuridad de la calle. Parecían un par de ojos bestiales que la acechaban, pero que retrocedían.

Aliviada, se detuvo unos instantes respirando profundamente. La calle donde ella vivía estaba solitaria, vacía, dormida. Pero maravillosamente iluminada por varias farolas. Las paredes, la calle y las banquetas estaban cubiertas de sombras de automóviles y botes de basura. Pero ahí las sombras  eran reales. Tenían una explicación, un origen.

Pronto estaría en casa, y pensaba darse un largo baño con agua caliente, para lavarse los estigmas que dejaron sobre su cuerpo todas aquellas lascivas miradas.

Inició la marcha, su casa era la última de aquella larga calle.

Avanzó con paso veloz, escuchando el eco que provocaban sus tacones en la desolada calle de clase media.

Miró las sombras reflejadas en las paredes de las casas, las sombras de  arbustos, las sombras de los botes de basura, de los automóviles, las sombras de todo.

Se detuvo desconcertada, llena de curiosidad. Mariana era una chica inteligente, y aquello le llamó profundamente su atención.

Algo estaba fuera de lugar.

Podía ver sobre las paredes y en las banquetas las sombras proyectadas por la luz del alumbrado público, las sombras de todo lo que le rodeaba... menos la de ella.

Entonces, volvió a sentir el aliento cálido en su oído derecho. Aliento de amante, aliento de intimidad.

Giró espantada, segura de que alguno de los hombres había descendido del autobús cuadras después,  para regresar y atacarla ahí.

Giró lista para defenderse.

Y se encontró con la sombra que había visto constantemente durante su viaje en el autobús.

La silueta negra, la figura que había estado creyendo ver toda la noche estaba de pie frente a ella, a centímetros. Una masa no sólida pero oscura, con la estructura visual de una persona, una persona igual a ella. Nebulosa, densa, airosa. Casi como un velo, casi como el humo.

Pero con una forma.

Gritó, los libros cayeron al suelo, esparciendo las hojas a su alrededor. Levantó los brazos protegiéndose,  mientras continuaba gritando, y veía con demencial terror como aquella sombra se abalanzaba sobre ella, cubriéndola, envolviéndola como un sudario, mientras su grito se perdía en la noche, y los perros comenzaban a aullar.

Luego, quedó sólo la sombra.

Un bulto oscuro, fijo, levemente agitado por el viento nocturno.

Y entonces, la sombra desapareció también…
 
…Algunos kilómetros atrás, cerca de donde la chica de cabellos ondulados había abordado el autobús, en una recámara miserable, una joven regordeta rezaba hincada frente a un pequeño altar que había confeccionado, auxiliándose de un banquillo, y una pila de revistas. Su rostro, atacado violentamente por el acné‚ brillaba ante las luces amarillentas, expedidas por las veladoras de su altar. La regordeta se mecía como una madre que acuna a su hijo. Su aspecto era  deplorable, su olor  desagradable.

Por eso, los hombres la evitaban en la universidad, por eso, los chicos la ignoraban. Por eso, él, el muchacho que le había robado su corazón con  una mirada, le había rechazado, y le  había conferido el título lastimero de amiga, de confidente. Y dentro de las confesiones que ese ladrón de su corazón le había hecho, estaba la de estar enamorado locamente de aquella compañera que ella tanto envidiaba.

De Mariana.

Pero la chica regordeta sabía secretos. La gente solía narrarle confidencias, como si vieran en ella a una grotesca caja fuerte donde podían guardar, lo que a otros no podían contar. Y una de esas personas había sido su abuela. Una vieja, tan desagradable como ella, que sabía secretos antiguos, que sabía conjuros que a su nieta tiempo atrás decidió mostrar.

La chica regordeta continuó meciéndose, y apretando entre ambas manos una fotografía recientemente tomada. En ella, se observaba una bonita chica de cabellos largos y ondulados. La chica que por su belleza le había arrebatado al hombre que ella deseaba. La chica que cada noche tomaba el autobús en esa torcida parada. A la que los hombres no podían dejar de mirar.

Mariana.

A lo lejos, los perros continuaron aullando lastimeramente. Ella, continuaba meciéndose con los ojos cerrados, en un éxtasis de concentración y ruego, repitiendo una y otra vez la misma oración.

-Mariana, que te envuelva tu sombra para que oscurezca esa belleza tuya que tanto deslumbra a los hombres. Mariana, que te envuelva tu sombra para que oscurezca esa belleza tuya que tanto deslumbra...-

Poco a poco, la imagen de Mariana en la fotografía comenzó oscurecerse. Hasta que, sin que la regordeta  se diera cuenta, solo quedó una silueta negra, en un fondo más negro aún.

FIN

Modificado el ( jueves, 31 de mayo de 2007 )
 
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